Era plenamente consciente de que lo que estaba haciendo no era normal y podía llegar a ser peligroso. Todos los días cruzaba el límite de lo prohibido y cada vez le costaba más regresar, pero tenía que seguir. A estas alturas había perdido totalmente el control, vivía por y para su obsesión, sin importarle lo más mínimo las consecuencias. Ya era tarde para arrepentirse, aunque ni por un instante pensó en hacerlo. Necesitaba esa sensación de pseudofelicidad, un estado de nirvana que sólo ella podía alcanzar. Nadie notaba que interiormente se empezaba a consumir; sabía evitar las sospechas: fingía cada instante del día, medía sus palabras y planificaba por adelantado hasta la más mínima reacción. Lograba pasar desapercibida. Disfrutaba manipulando a las personas, se sentía bien cuando lograba que se tragasen todas sus mentiras y creyeran sus historias.
Era adicta al lado oscuro, al camino incorrecto, y contemplaba con placer su lenta autodestrucción. Por momentos podía sentir que le mundo se le venía encima y se encontraba cara a cara con la realidad. Ella se había transformado en una persona fría, calculadora, mitómana y prácticamente bipolar. Podía sentir una cosa, pensar otra y decir algo totalmente opuesto, era alguien tan complejo que ni siquiera ella misma lograba comprenderse. Pasaba de la felicidad absoluta a la depresión en sólo unos instantes, pero no dejaba que ninguna persona apreciara ese cambio.
Vivía prisionera de su pensamiento obsesivo y bajo ningún concepto quería ser liberada.


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